No todo lo que repetimos es rutina
Hay cosas que hacemos todos los días casi sin darnos cuenta. Apagar el despertador. Abrir una persiana. Mirar el móvil. Buscar las llaves antes de salir de casa.
Y luego hay otras que también repetimos, pero que tienen algo diferente. Preparar el primer café de la mañana. Elegir una taza concreta aunque haya otras diez en el armario. Poner agua a calentar a media tarde. Abrir una lata de té y acercarla casi instintivamente para olerla. Preparar una infusión cuando el día empieza a terminar.
También son gestos repetidos. Algunos, incluso, los hacemos prácticamente a la misma hora todos los días. Pero cuesta llamarlos rutina. Quizá porque no todo lo que repetimos lo hacemos simplemente por costumbre.
Hay rutinas. Y luego están esas otras cosas
La diferencia no necesita demasiada teoría. Hay gestos cotidianos que hacemos porque hay que hacerlos. Poner una lavadora, lavarnos los dientes, sacar la basura o comprobar que hemos cerrado la puerta. Forman parte del día y normalmente intentamos resolverlos sin prestarles demasiada atención.
Pero hay otras cosas a las que también volvemos una y otra vez y que no nos importa repetir. Nadie necesita tomar el café de la mañana siempre en su taza favorita. Podríamos utilizar cualquier otra y el café seguiría siendo café. Tampoco es imprescindible sentarnos diez minutos después de comer para tomar un té. Y, sin embargo, lo hacemos. No porque toque, sino porque de alguna manera ese gesto nos ayuda a reconocer el momento.
Pequeños gestos que ordenan el día
Esto lo vemos mucho en Mistelánea. Cuando hablamos con nuestros clientes sobre té o café, muchas veces la conversación acaba teniendo más que ver con cuándo lo toman que con el propio producto.
Está quien no concibe empezar el día sin preparar su cafetera. Quien tiene un té para media mañana. Quien aprovecha la tarde para sentarse un rato con una taza. Y quien ha convertido la infusión de después de cenar en una señal de que, ahora sí, el día ha terminado.
Son momentos muy sencillos y precisamente por eso funcionan. Probablemente mañana volvamos a hacer exactamente lo mismo. Y no pasa nada. A veces repetimos precisamente porque algo nos gusta.
Lo interesante empieza antes de beber
Porque, además, una parte importante de todo esto ocurre antes del primer sorbo. Abrir el paquete de café. Medir la cantidad. Molerlo. Preparar la cafetera y empezar a notar el aroma en la cocina.
Con el té ocurre algo parecido. Abrimos una lata, miramos las hojas y las olemos. Ponemos el agua a calentar, elegimos la cantidad y esperamos unos minutos mientras se prepara.
Y está, por supuesto, ese mug que siempre elegimos. En una tienda llena de tazas sabemos perfectamente que casi todo el mundo acaba teniendo una favorita. A veces no es la más bonita ni la más especial. Simplemente es esa. La que tiene el tamaño adecuado, el asa que resulta cómoda o la que lleva tantos años con nosotros que cualquier otra parece extraña.
Preparar, oler, esperar, elegir. Todo eso también forma parte de lo que finalmente bebemos.
Cada uno tiene los suyos
Y no todos estos pequeños gestos tienen que ocurrir alrededor de una taza. Hay quien sale a caminar después de comer. Quien pone música mientras cocina. Quien compra el periódico el domingo. Quien lee unas páginas antes de dormir.
Son cosas pequeñas. No cambian nuestra vida ni necesitan hacerlo. Simplemente nos gusta repetirlas. Eso es precisamente lo que nos interesa de Pequeños Rituales, la campaña que estamos compartiendo estas semanas en Mistelánea. No se trata de convertir lo cotidiano en algo extraordinario ni de buscar significado en cada cosa que hacemos.
Es mucho más sencillo: entre todas las cosas que repetimos porque tenemos que hacerlas, hay unas cuantas que repetimos porque queremos. Y esas merece la pena conservarlas.
¿Cuál es ese pequeño ritual que repites cada día y que no cambiarías por nada?